Para muchas mujeres el embarazo, el maternar y la lactancia significan una especie de “retorno a la caverna” de olvidadas ancestras. Y nadie está con nosotras cuando estamos en la oscuridad de la caverna y nos enfrentamos a un hecho (la LM) que se nos ha hecho desconocido por la coyuntura cultural pero que nos endilgan como “natural”.
Ser madre representa, para cada mujer, un encuentro extra-ordinario consigo misma, que debería ser elaborado psíquicamente como parte de su aprendizaje de vida. Esto significa, que todo embarazo debería propender a ser deseado para ser un acto constitutivo de la vida de la mujer como individua y no como mera ocupante de un rol social que le observa como simple reproductora al servicio de la cultura y el patriarcado.
Sin la elaboración de ese deseo individual, el “retorno a la caverna” se convierte en un reto angustiante y repetitivo de los patrones culturales de la violencia, el desapego y la falta de creatividad. Cabe preguntarse entonces ¿cuántas mujeres podemos elaborar la experiencia?
La cultura, basada en paradigmas de dominio de la naturaleza, ha desnaturalizado una serie de hechos asociados a la maternidad. Es decir, estamos tan lejos de nuestras ancestras que no tenemos casi modelaje para esta acción, incluso nuestras madres y abuelas aportan más en el sentido de los estereotipos y tabúes sociales, que en el sentido de la crianza exitosa y desarrollo de la profundidad del ser mujer, porque esa es la cultura en la que estamos inmersas.
Mi hipótesis es que durante unos cincuenta años al menos, en un gesto que tal vez atañe al entero siglo XX, la emancipación de la mujer se ha sostenido sobre la entrega de su poder natural relacionado con dar vida. Hemos pasado por encima de las cabezas de las madres y las amas de casa para edificar nuestro ascenso en la cultura, los negocios, los estudios, la política.
Se establece entonces una relación paradójica y poco elaborada con ese poder, pues la estancia con la cría es lo que ha esgrimido el poder patriarcal para sojuzgar a las mujeres, por lo que ciertas creencias emancipatorias aceptaron el estilo masculino como la regla de su actuación, abandonando a la cría y algunas prácticas emocionales y sociales sobre las que se sustentan la paz y la solidaridad entre seres humanos, tal como la LM y la relación íntima con el embarazo y la crianza.
Atención, no hablo aquí de una mujer en particular, que tiene que salir a trabajar al cuarto mes del parto o antes, y por fuerza debe dejar a su bebé en guardería o con su abuela. Hablo de un gesto cultural en el que hemos sido afectada/os en términos generales por decisiones tomadas desde un paradigma que no confía en la mujer y que falsamente protege a la familia.
Este quiebre diurno/nocturno de la mujer ha sido profundizado por múltiples factores, entre ellos pueden identificarse el malentendido poder médico, además del poder del capital, representado por las formas de parir más convenientes para el/la obstetra y el centro médico, el presupuesto hospitalario, la masificación de la salud, etc., acompañados de la industria farmacéutica y de alimentos, las cuales se han dedicado a elaborar productos de consumo relacionados con las funciones nutricias de la LM.
DECISIÓN SOBRE NUESTROS CUERPOS
Pero, como siempre se dice en estos casos, cuando pensamos que estamos llegando a ciertos límites: nuestra generación tiene la oportunidad de retomar ese poder que hemos cedido volviendo intrascendente la maternidad. Sinceramente creo que es así en la medida en que observamos la madurez aportada por los estudios de género, el crecimiento de la comprensión de los derechos humanos (con especial énfasis en los derechos de niño/as y mujeres), el apoyo de organizaciones internacionales y de base, las innovaciones de algunas grandes empresas en cuanto al permiso de maternidad y paternidad, más recientemente.
Nos queda mucho por reflexionar acerca de la reconciliación del régimen “nocturno” del maternar y la caverna de las ancestras, y el régimen “diurno” de la amazona luchadora por su lugar en el mundo y la cultura. Sin embargo, algunas propuestas legales y laborales están trabajándose en ese sentido, por lo que se necesita la convicción y voluntad de nosotras mismas para alcanzar un cambio que puede ser tan verdaderamente revolucionario como el estallido del feminismo mismo durante el siglo XX.
Pero esto no es tan fácil luego de años, de décadas, de repetición de mensajes degradantes de la lactancia y la maternidad, en un entorno de fracaso del sistema de salud pública, donde sobresalen la caída de los capitales, los embates de las epidemias y las hambrunas, y, desde luego, la impotencia de las farmacéuticas para simular un producto de la calidad de la leche materna. En este entorno, la solicitud de las multilaterales no deja de crear suspicacias.
No es nada fácil desaprender y reaprender. Luego de la instauración de pobres leyes de protección a la maternidad y a la trabajadora, ignorantes de las verdaderas circunstancias de género, luego de un proceso de instauración y aprendizaje de la desconfianza en sus propios cuerpos y falsos mensajes de superación femenina (“la lactancia te esclaviza y te desgasta”), se nos pide que volvamos a la caverna y maternemos nuevamente sin elaborar y superar el conflicto anterior, el malestar cultural, que luchemos contra el desastre económico y epidemiológico colocando en medio -de nuevo- nuestros cuerpos.
Sin embargo, nuestra generación y las que vienen, tienen una oportunidad de edificar sobre lo que parecieran ruinas. En lugar de quejarnos y conformarnos con lo que tenemos, estamos en el umbral de la renovación y rescate de lo femenino, sin lo cual no puede haber revolución de ningún tipo. No podemos cargar un grillete de patriarcado, maldiciendo internamente nuestros ovarios porque el embarazo no nos permitirá la igualdad.
Simplemente, nuestros ovarios dictan un camino, que si bien no es destino, cuando se toma debe hacerse bajo decisiones sólidas y como parte del proyecto de vida, de construcción de la paz y de combate al machismo, no como handicap, que es lo que la más reciente aculturación de las mujeres parece haber asumido bajo las presiones ya descritas, sino como convicción de que nuestro poder reside en nuestros cuerpos y en la decisión que hagamos sobre ellos, responsablemente, teniendo en cuenta al otro(a).
Esta premisa encuentra su límite cuando la decisión es no amamantar. No amamantemos, pero no digamos que es porque nuestro seno es incapaz de hacerlo, aceptemos, con toda la rigurosidad del momento, que es porque no hemos recuperado nuestro poder interior, el poder humano que hace que la vida de las mujeres brille de nuevas maneras. Vivamos con eso, trabajando por revertirlo: amamantar no es fácil, como tampoco lo es llegar a la presidencia de una empresa o ser docente titular de la Universidad, pero vale lo mismo.
También publicado en: Apalancar y Palabra de Mujer-Diario de Los Andes